A veces uno se marea.
Y de eso quiero hablar.
La primera vez que vi el mar temblé.
Cuando jugamos por primera vez no podía dejar de pensarlo. Me acuerdo que esa noche, ya acostada (cansada y rosa como una sandía) no podía olvidar la sensación del mar abrazándome, empujándome, echándome, llamándome. Todavía estaba ahí, conmigo.
Y hoy puedo decir, que gracias a los pequeños acontecimientos de la vida o por lo menos a los de la mía, aunque vivo muy lejos del mar, no dejo de sentirlo acá, cerquita. Con el vientito que me molesta y con los caracoles ahí, que él, altanero, va tirando sobre la arena, como despojándose de sus joyas. (Como las manos mas dulces que nuestra piel conoció quitandonos lentamente las telas que cubren nuestro cuerpo en la cotidianidad, para desnudarnos completamente, para amarnos) Mutándonos, dotándonos, atándonos
Es por eso que ahora, sin demasiadas volteretas voy al grano y no me tiembla ni un solo pelo del flequillo!
Si, tenés razón. Soy genial y mi vida es maravillosa!
jueves, 9 de abril de 2009
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